La alegría engendra alegría. Porque cuando aceptas la alegría que recibes, esa alegría realza la que vendrá en tus mañanas y te abre a un recibimiento mayor. Por ello es imperativo amarte a ti mismo cada momento, pues cuando lo haces, preparas el ritmo, si quieres, de los momentos que vendrán. Cuando vives solamente por el amor y la alegría del Yo -preguntándote siempre qué te hace feliz y haciendo entonces lo que te digan tus sentimientos, sea lo que sea- esos momentos de éxtasis y regocijo quedan grabados en el alma de tu ser, que creará incluso más instantes de felicidad y alegría en los momentos que vendrán.
Cuantos más momentos pases siendo feliz y lleno de alegría, amándote a ti mismo y permitiéndote ser, más cerca estarás de ser la fuerza-Dios de toda la vida. Si vives tu vida de tal forma que todo lo que persigues en la vida lo haces para hacerte feliz, vivirás tu vida hasta su máximo destino. Alcanzarás cosas milagrosas. Serás un ejemplo admirable del amor del Yo y de Dios. Experimentarás y entenderás la gran belleza y el maravilloso enigma que eres. Y he aquí que, en lo que se llama el análisis final, habrás visto la cara de Dios, al darte cuenta de que es la tuya propia. Entonces estarás listo para una nueva eternidad de experiencia vital, en un nuevo y mayor entendimiento.